VALORACIÓN NEUROCIENTÍFICA DE LOS TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD Y PSICOPATÍAS – PARTE III

Psiconeuroinmunoendocrinologia:

Sólo unos pocos estudios han examinado su papel en el desarrollo y mantenimiento de la psicopatía. En dos muestras independientes, Soderstrom et al, encontraron que ésta se asoció con un aumento del cociente entre el ácido homovanílico (AHV), un metabolito de la dopamina, y el ácido 5-hidroxiindolacético (5-HIAA), un metabolito de la serotonina. Este mayor cociente se considera un indicador del deterioro de la regulación serotoninérgica de la actividad de la dopamina, lo que se traduce en la desinhibición de los impulsos agresivos. Se propone a partir de este descubrimiento que los fármacos moduladores de la dopamina, posiblemente combinados con inhibidores de la recaptación de serotonina (ambos prescriptos «off label» podrían ser tratamientos potenciales).

La neurotransmisión de serotonina produce efectos en el eje hipotálamo-hipofisario-suprarrenal, de modo que una mayor actividad en los lugares de los receptores serotoninérgicos en el hipotálamo aumenta la producción de cortisol (hormona glucocorticoidea liberada con la activación del eje hipotálamo hipófiso suprarrenal. Su papel es movilizar los recursos del organismo y suministrar energía en los momentos de estrés, y también participa en la potenciación del estado de miedo, la sensibilidad al castigo y la conducta de retraimiento). Sobczak et al, describieron que la interrupción de la neurotransmisión serotoninérgica altera la reactividad del cortisol que induce estrés. Por lo tanto, la desregulación de la serotonina en el cerebro podría contribuir a los bajos valores de esta hormona observados en la psicopatía. No obstante, las pruebas también indican que el cortisol puede producir efectos en la transmisión serotoninérgica en el cerebro. Dada la interdependencia de estos sistemas, resulta muy difícil localizar un sistema específico que contribuya a las características psicopáticas.

La serotonina también puede interaccionar con las concentraciones de testosterona (es producto del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal y se asocia con la conducta relacionada con la aproximación, sensibilidad a la recompensa y reducción del miedo) aumentando la probabilidad de agresividad violenta. Numerosas pruebas indican que una baja concentración de serotonina combinada con valores elevados de testosterona aumenta las tasas y la intensidad de la agresividad.

El aumento de la testosterona exclusivo no explica la conducta agresiva, ya que, con frecuencia, se observa en atletas de elite y en empresarios de éxito que no necesariamente son más propensos a la violencia; la testosterona se asocia más firmemente con la dominancia que con la agresividad. Se formula la hipótesis de que el aumento de sus concentraciones fomenta las conductas de búsqueda de la dominancia, aunque cuando un individuo se frustra en su tentativa de conseguirla, los bajos valores de serotonina pueden aumentar la probabilidad de una respuesta agresiva. Dichos valores bajos se han asociado a reacciones impulsivas y, por lo tanto, podrían aumentar la tendencia a la agresividad violenta.

En un análisis de la investigación reciente, Van Honck et al proponen que el origen subyacente de las deficiencias emocionales observadas en esta entidad es consecuencia de un desequilibrio entre el cortisol y la testosterona. Se ha demostrado que ambas hormonas tienen propiedades mutuamente antagonistas. El cortisol suprime la actividad del eje Hipotalamo – Hipófiso – Gonadal en todos los campos, disminuye la producción de testosterona e inhibe sus efectos. A su vez, la testosterona inhibe la actividad del eje hipotalamo – Hipofiso – Suprarrenal. Se propone a partir de este estudio que unos valores bajos de cortisol, acompañados de concentraciones altas de testosterona, podrían contribuir a la psicopatía. Además de examinar los valores de cortisol y testosterona en la psicopatía, en los estudios futuros también podrían investigarse las distribuciones y sensibilidad de los diferentes receptores.

Las hormonas producen efectos en la conducta por la inducción de cambios químicos en regiones cerebrales específicas, por lo que afectan a la probabilidad de determinados desenlaces conductuales modulando las vías neurales. Además, tanto los neurotransmisores como las hormonas se expresan en períodos iniciales del desarrollo neural, de modo que es probable que participen en la organización estructural del sistema nervioso. Puesto que los neurotransmisores pueden interaccionar con el sistema neuroendocrino, al igual que afectar al funcionamiento de ciertas regiones cerebrales, es importante adquirir conocimientos sobre el papel que pueden desempeñar en el desarrollo y mantenimiento de la psicopatía. En diversos estudios se han encontrado diferencias en la estructura en regiones y redes cerebrales específicas, aunque siguen sin conocerse los factores subyacentes que pueden causar o mantener estas anomalías.

Conectividad Cerebral:

Además del funcionamiento anormal observado en determinadas regiones cerebrales de los psicópatas, algunos estudios también han examinado la conectividad entre áreas. Van Honk et al formulan la hipótesis de que las alteraciones de la conectividad entre las regiones subcortical y cortical pueden contribuir a la psicopatía. Dicha conectividad permite que la información emocional desde las regiones subcorticales como la amígdala proporcione aferencias a las regiones corticales, lo que es importante para guiar la toma de decisiones y para la evaluación cognitiva.

La conectividad entre la amígdala y la corteza orbitofrontal puede ser especialmente importante en la generación de algunos marcadores somáticos. La corteza orbitofrontal recibe aferencias emocionales de la amígdala y almacena las representaciones de ciertos acontecimientos o estímulos de modo que puedan recuperarse más tarde. Si un individuo recuerda o anticipa estos acontecimientos o estímulos, la corteza orbitofrontal desencadena el estado somático. Si esta conexión está interrumpida, la corteza orbitofrontal será incapaz de formar representaciones, y no se generarán sentimientos como el temor anticipatorio a los acontecimientos aversivos. De hecho, la disminución de la conectividad entre ambas estructuras se ha asociado con una disminución de la sensibilidad a los indicios de amenazas (evitación de riesgos).

La corteza orbitofrontal también participa en el dictado de la regulación de las emociones a través de conexiones inhibidoras hasta la amígdala y el área cingular anterior; por lo tanto, una conectividad deficiente entre estas regiones también se traduciría en una disminución de la regulación de las estructuras subcorticales por las áreas prefrontales. Esto podría contribuir a la desinhibición y a la agresividad reactiva observada en la psicopatía.

Van Honk et al consideran que el desequilibrio entre las concentraciones de cortisol y testosterona reduce la comunicación subcorticocortical. Se ha demostrado que el cortisol aumenta el intercambio de información entre las regiones cerebrales subcorticales y corticales y fortalece los estímulos de control cortical sobre los subcorticales. En comparación, se ha demostrado que la administración de testosterona reduce la interferencia (crosstalk) subcortical-cortical. Puesto que las áreas corticales frontales se basan en las áreas subcorticales para la información relacionada con las emociones, se argumenta que la desconexión da lugar a un procesamiento cortical que es puramente cognitivo y, por lo tanto, es frío e intrumental. No obstante, queda por ver si la conectividad entre la región subcortical y la cortical está alterada en la psicopatía. Además de la conectividad subcorticocortical, los psicópatas también manifiestan un deterioro de la conectividad entre ambos hemisferios cerebrales.

Recientemente, Hiatt et al revelaron que el tiempo necesario para transferir la información de un hemisferio a otro se prolonga significativamente en delincuentes psicópatas en comparación con delincuentes que no lo son. Aunque esta hipótesis todavía no se ha probado, podría ser un importante vínculo para explicar diversos fenómenos en apariencia distintos observados en la psicopatía.

El estudio de Raine et al, mediante una técnica de imagen estructural, proporciona pruebas adicionales de una alteración de la conectividad entre hemisferios, ya que encontraron un aumento del volumen del cuerpo calloso en individuos psicópatas. Esta estructura es la principal conexión entre ambos hemisferios. Los futuros estudios con técnicas de diagnóstico por la imagen podrían contribuir a profundizar nuestros conocimientos sobre la conectividad entre hemisferios en psicópatas. Las anomalías neurobiológicas asociadas con la psicopatía aparecen a una edad temprana, ya que se detectan los indicadores de diferencias temperamentales y psicofisiológicas a los 3 años de edad en individuos que desarrollan rasgos psicopáticos a la edad adulta, según las últimas investigaciones. Además, un número cada vez mayor de pruebas indican que los rasgos psicopáticos son identificables en la infancia. Esta investigación indica que los deterioros neurobiológicos se dan muy temprano en la vida.

La investigación ha avanzado mucho en el examen de las diferentes estructuras o grupos de estructuras y cómo su funcionamiento anormal podría contribuir a las características psicopáticas, aunque quedan por contestar numerosas preguntas. Teniendo en cuenta los desarrollos recientes en la comprensión de la neurobiología de la psicopatía, es previsible que los tratamientos potenciales puedan dirigirse a aumentar el funcionamiento de las regiones cerebrales clave. Esto podría obtenerse mediante diversas modalidades, incluidos mecanismos farmacológicos que podrían alterar los equilibrios de los neurotransmisores o endocrinos, o técnicas que podrían alterar directamente el funcionamiento de ciertas regiones cerebrales.

Concluciones

Las conductas disruptivas de tipo violento ocupan actualmente una enorme preponderancia ya que alimentan la degradación de la organización armónica de convivencia social. Aparecen frecuentemente en los medios de comunicación presentadas bajo el valor judicativo y moral, lo que impide un análisis global de esta problemática.

Existe un sustrato neurobiológico que predispone a la aparición de este tipo de conductas, y cada uno de ellos responde a fenómenos estructurales, constitutivos y a la influencia del ambiente. ¿Cual es el argumento de este tipo de conductas disruptivas? Presentan este tipo de personalidades rasgos psicopáticos? ¿Influyo el ambiente por sobre lo constitutivo? ¿existe algún tipo de estrategia de “rehabilitación”? Estos, y muchas interrogantes, se presentan en la actualidad como desafío de análisis y respuestas para la neurociencia cognitiva aplicada.

Estas conductas presentan un sustento neurobiológico que nos permite inferir procesos distorsivos que tienen como resultado alteraciones en la adaptación a la convivencia social. Muchos de estos aspectos neurobiológicos se pueden caracterizar en términos neuropatológicos, y, por lo tanto, convierten a algunas de estas conductas en síntomas y signos.

Estos hallazgos implantan la necesidad de revisar conclusiones estáticas, si bien resultan insuficientes todavía para transformar paradigmas médico legales, pero nos obligan al análisis y ratificación constante y caso por caso de los mismos.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:

“Trastornos de la Personalidad: Modelos para (Des)armar. Guillermo N. Jemar TREMA Generación de contenidos, año 2020.

Disponible en Formato Físico y digital en: https://satparg.com/libros