Implicancias en la conducta disruptiva de tipo delictiva en los Trastornos de la Personalidad

Las conductas disruptivas de tipo violento y criminal ocupan actualmente una enorme preponderancia que conllevan a la degradación de la organización armónica de convivencia social. Aparecen frecuentemente en los medios de comunicación presentadas bajo el valor judicativo y moral, lo que impide un análisis global de esta problemática.

Existe un sustrato neurobiológico que predispone a la aparición de este tipo de conductas, y cada uno de ellos responde a fenómenos estructurales, constitutivos y a la influencia del ambiente.

¿Cual es el argumento de este tipo de conductas disruptivas? ¿Presentan este tipo de personalidades erosiones pasibles de análisis en términos psicopatológicos? ¿Influyo el ambiente por sobre lo constitutivo? ¿existe algún tipo de estrategia de “rehabilitación”? Estos, y muchas interrogantes, se presentan en la actualidad como desafío de análisis y respuestas para la neurociencia cognitiva aplicada a la clínica en salud mental, y es lo que intentaremos contestar en la presente ponencia.

Estas conductas presentan un sustento neurobiológico en términos estadísticos validado en numerosos estudios científicos, que nos permiten inferir procesos distorsivos que tienen como resultado alteraciones en la adaptación a la convivencia social. Muchos de estos aspectos neurobiológicos se pueden caracterizar en términos neuropatológicos, y, por lo tanto, convierten a algunas de estas conductas en síntomas y signos.

Estos hallazgos implantan la necesidad de revisar conclusiones estáticas legales que cuestionan el paradigma forense arraigado desde mucho tiempo, estático y por que no, anticuado a la luz de los conocimientos actuales. Si bien los adelantos resultan insuficientes todavía para transformar paradigmas médico legales, nos obligan al análisis y ratificación constante y caso por caso de los mismos.

El avance de la tecnología médica que se viene produciendo en las últimas décadas ha comenzado a impactar en diferentes áreas de la salud. En esta línea, el desarrollo modernas técnicas de neuroimagen han permitido un mayor conocimiento sobre el funcionamiento del órgano más complejo de los seres humanos, el cerebro. En los últimos años, el estudio del cerebro humano ha despertado gran interés. La década del noventa fue declarada como «La Década del Cerebro» por el presidente de los Estados Unidos George W. Bush y recientemente, en el año 2013, Barack Obama, lanzó un ambicioso proyecto «Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies» (B.R.A.I.N), que busca conocer las raíces neurobiológicos de enfermedades neuropsiquiátricas como el Alzheimer, el Parkinson y el Autismo, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de millones de pacientes.

Por su parte la Unión Europea, también desarrolla su proyecto de investigación sobre neurociencias, «Human Brain Project». Cómo millones de células interaccionan entre sí y con el medio ambiente, para generar las conductas y afectos más refinados, cómo se produce el desarrollo y maduración del cerebro humano, cómo y porqué se enferman dichas células y si existe cuál es la base neurobiológica de las enfermedades mentales han sido algunos de los interrogantes que han acompañado históricamente a la neuropsiquiatría. En esta línea, Eric Kandel, premio Nobel de medicina del año 2000, señala que es probable que el conocimiento del cerebro sea en el siglo XXI, lo que el estudio de los genes ha sido en el siglo XX. Así, el incesante avance las neurociencias viene transformando viejos conocimientos que hasta el momento eran considerados sólidos e inmutables.

Tal ha sido el impacto de las neurociencias en diferentes áreas del conocimiento que se han ido desarrollado nuevas transdisciplinas como la neuroética, el neuromarketing, la neuroeducación, el neuroderecho, la neuroeconomía y han atraído al público en general. Así, la divulgación científica sobre cuestiones relacionadas con el funcionamiento del cerebro se encuentra en expansión, ganando cada vez mayor espacio, visibilidad e interés por el público en general.

Desde antaño, la discusión entre monistas y dualistas, sobre el origen de la mente han generado intensos y ricos debates que han excedido a la psicopatología. Destacados filósofos de la mente, como Searle, a partir del avance de las neurociencias, presentan y reeditan con nuevos argumentos aquellas viejas discusiones sobre la mente y el cuerpo, el libre albedrio y el determinismo Por su parte la neuropsiquiatría no ha sido ajena a tales influencias, y nuevas investigaciones sobre el funcionamiento cerebral en diferentes padecimientos mentales han comenzado a reactualizar antiguas discusiones sobre qué se entiende por enfermedad mental. En tal sentido, la psiquiatría, como rama de la medicina, ha presentado históricamente ciertas particularidades con la relación a la construcción del concepto de enfermedad, que si bien han atravesado a la medicina en general, en esta rama, se tornan por demás complejas, basta recordar los trabajos del Canghilem, al respecto.

La psicopatología clínica se ha dedicado a describir, clasificar, tratar con diferentes modalidades, ha sujetos a los que no ha considerado enfermos, sino como alteraciones o variantes de la personalidad. En este sentido, se destacan, por su influencia aún en la actualidad, los trabajos de Kurt Schneider, con su concepto de anormalidad no patológica, que no ha perdido vigencia y cuyo uso continúa siendo fuertemente utilizado en algunos ámbitos. La postura sobre el concepto de enfermedad mental basado en las alteraciones en el cuerpo y la ausencia de alteraciones somáticas patológicas en las personalidades psicopáticas, permaneció vigente en los últimos cincuenta años. Si bien, dicha postura no fue sostenida en forma universal, como los muestran los trabajos de Karl Kleist, sobre el cerebro orbitario y las conductas antisociales y hasta algunos esbozaron las raíces neurobiológicas de alteraciones de la conducta muchos años antes, como los trabajos de Leonor Welt, a partir del famoso caso de Phineas Gage, dichas concepciones no solo no fueron tenidas en cuenta sino consideradas como fantásticas por el paradigma imperante.

Así, y a partir de la visión hegemónica trazada entre otros por Kurt Schneider, los trastornos de la personalidad quedaron por fuera del modelo médico tradicional fisiopatológico para ser considerados formas de ser y estar en el mundo, pero no enfermedades. Tímidamente el reporte de casos sobre alteraciones del comportamiento posteriores a encefalitis, secuelas de traumatismo encéfalo craneano, o cuadros postneuroquirúrgicos, continuaron aquellos indicios iniciados en el siglo XIX sobre la relación entre determinadas áreas del cerebro y la personalidad, donde se destacan en nuestro medio los trabajos de Goldar, Benitez, Affani y los trabajos de Damasio y Eslinger y de Blumer y Benson, por ejemplo. En las últimas décadas el mayor conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro comenzó a arrojar un manto de lucidez sobre la fisiopatología que subyace a dichos trastornos.

Así las neurociencias han comenzado a producir una importante cantidad de investigaciones sobre las bases neurobiológicas de la psicopatía y otros trastornos de la personalidad. Estas modernas investigaciones obligan a repensar la manera en que la psiquiatría tradicional considera a los trastornos de la personalidad. Aquella visión de Schneider sobre la anormalidad no patológica debe ser revisada a la luz de las alteraciones funcionales y morfológicas del cerebro halladas en los sujetos con trastornos de la personalidad, especialmente en los pacientes con trastorno límite de la personalidad, trastorno antisocial y psicopatías.

Si tal como lo sostenía el autor alemán, sólo hay enfermedades en lo corporal, y los fenómenos psíquicos son patológicos únicamente cuando su existencia está condicionada por alteraciones patológicas, ¿no debería hoy revisarse el concepto de anormalidad no patológica utilizado para las personalidades psicopáticas a partir de los descubrimientos neurocientíficos que se vienen produciendo en esta área? ¿No será momento de pensar que se está ante sujetos enfermos? Si ello todavía no es posible, resulta forzoso admitir que la medicina ha invertido e invierte tiempo, dinero, investigaciones, publicaciones científicas, jornadas y hasta congresos específicos para dedicarse a describir y tratar a sujetos a los que no considera enfermos.

REFERENCIAS BIBIOGRÁFICAS:

“TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD Y PSICOPATÍAS, un análisis clínico y psicopatológico a partir de la experiencia en personas privadas de la libertad” Guillermo Nicolas Jemar, EDITORIAL SALERNO, año 2016, disponible en: http://www.satpar.com/libros