Crónica de un Hospital Borda Pandémico

“Los que hemos estado en el infierno, aun mantenemos las llamas en la mirada” David Sant

“Te odio, te voy a matar”, así me gritaba J. (25 años) con los ojos apenas abiertos, llenos de lagrimas, unidos por un entrecejo que comprime furia, impotencia, desamparo. Su cuerpo largo, con los pies sobresaliendo al metro de la cama, curvándose con un contorno único, reconocible desde la puerta del servicio. Su brazo derecho, ahora atado a la cama (“procurando” los dos traveses de dedo a la soga), estaba rojo.

Fluía un liquido que provenía de sus rincones más desalmados: el abandono de su familia, años buscando quien lo aloje, lo escuche. Me estaba mostrando eso, su necesidad de fluir en un solo lugar, de dejar de circular por hospitales y hogares, su carencia. Me dice que le dé lugar, pero lo habíamos traicionado: no pudimos escuchar su cantar a raíz de deseos por parte de otros pacientes de ser escuchados en el contexto de una asamblea grupal. Nos encontrábamos en “Admisión”, un servicio de internación corta que recibe a los pacientes agudos del Hospital, en contacto estrecho con la Guardia.

J. se enoja, camina en círculos, no sabe qué hacer. Balbucea insultos. Lo veo de lejos y hago lo que siempre me pide. Que este cerca. Le explico la situación, lo inevitable. No me escucha, le ofrezco todo lo que nadie nunca le ofreció: mirarlo. Se dirige a la ventana, lugar ambivalente, arma de doble filo. Le gusta mirar desde su encierro el verde de la posible libertad, imaginárselo, jugar con él; y a su vez, cuando su pasado lo toma por completo transita una ambivalencia que lo estanca, lo hunde, no lo deja salir; golpea fuertemente con el brazo una ventana y la rompe. Sangre otra vez.

Amenaza con matarse. Le cuento que lo queremos mucho, que queremos escuchar sus canciones de Luis Miguel o Chayanne. J. solo ve traición, la mía, la de sus hermanos, sus abuelos, la de su madre (nadie apareció en ninguna internación). Cuando ve rojo, todo se empaña. Se retuerce, no para de repetir sus ganas de lastimarse, merodea cerca de la ventana.

Mi contexto físico es la mitad que la de J., me sentía mínimo al lado de J. y su pasado, al lado de su traición, de sus ganas de que termine todo. No se calma y le digo (evitando el tono amenazante) que si no se calma no me queda más remedio que atarlo e inyectarlo. Le digo que algún día me va a agradecer, que es por su bien, me escupe y continúa con la mirada perdida, vacía, mirando todo lo que le falta. Termino el procedimiento. Contención físico-terapéutica liviana de 4 miembros hasta que haga efecto la medicación inyectable (media hora aprox.).

A los 5 minutos (imposible tiempo de inicio de efecto de la medicación antipsicótica) vuelvo a la sala a buscar una historia clínica cuando lo veo a J. fumando, caminando por los pasillos. Evidentemente tiene mucha fuerza para salir de la cama, fuerza que la usa para destruir su presente, para retornar al pasado y anular su futuro. Lo primero que pensé fue en preservar mi integridad física. Pero solo me pidió galletitas y cigarrillos.

Durante mi momento con J. sentí una ruleta rusa de emociones que dificultaban mi juicio clínico. ¿O lo guiaban? ¿Cuál es el límite terapéutico de la disociación, de la anestesia afectiva de un profesional? Tristeza melancólica proveniente de la sensación de soledad irreparable que me producía J., culpa, impotencia, desamparo. Lo que él sentía, se me mezclaba con el mío: no sabía qué hacer, estaba solo, buscaba una salida, una respuesta.

La diferencia fue mi culpa. ¿Hice mal? El hecho de haber actuado con mayor coacción, y posteriormente descubrir a J. pidiéndome cigarrillos como si no hubiese pasado acontecimiento alguno (aunque si la destrucción del poco vinculo que entablé con él), me lleva a replantearme. A preguntar por mi quehacer, por recordar que la ignorancia produce violencia. La reasignación un día de mayo pandémico a residentes de 3 y 4 año a un servicio de agudos, porque la situación de emergencia sanitaria así lo requería, fue violento.

En consonancia con como llego de un día para el otro un virus que iba a producir muertes inexplicables y perdidas innumerables. No hubo capacitación alguna, no hubo elección. Imagine que iba a caer en el aprendizaje necesario pero salvaje: la experiencia. Esa experiencia que deja que la sangre corra. Capitalizarla recordando que intente escalar con intervenciones de menor a mayor invasividad, registrando atento cuando creo es necesario subir cada peldaño. Probando, en realidad.

Este caso me abrió interrogantes que deseo mantener, evitando la automatización de la práctica en la urgencia, la manicomialización de mi Yo profesional:

¿Cuando la “violencia” es necesaria? ¿Cuándo es demasiada?

Dr. Agustín L. Arazi

Médico (UBA) Prom.: 8,84. MN: 157.046
Residencia Completa de Psiquiatría en el Htal José T. Borda (2016-2020). Titulo en tramite.
Instructor de Residentes en función de Jefe en el Htal B. Rivadavia (2020-actual)
Escuela de Posgrado de Psicoterapia Gestáltica, AGBA (actualmente en 3 año)
Ayudante de Psiquiatría y Salud Mental de Primera Honorario Interino (Nombramiento en trámite), en la Unidad Académica del Hospital José T. Borda, dependiente del Departamento de Salud Mental y Psiquiatría, UBA